Steve Wozniak y Steve Jobs crearon el primer Apple en el año en que supongo que, si el DNI acierta, yo debí de ser engendrado. Tandy y Commodore crearon ordenadores provistos de monitor en el año en que supuestamente mi madre me parió. Por aquellos días, un televisor Telefunken en blanco y negro era el máximo alarde electrodoméstico presente en el piso de alquiler en que vivían mis progenitores. En aquel piso había también un radio cassete Philips con el que mi padre escuchaba a José María García por las noches. En los cinco años que duró mi incierta vida de hijo único, yo usaba aquel aparato para escuchar, cara A cara B una y otra vez, las cintas casete que poseía: una de cuentos clásicos (la voz de Gusanito en la panza del Gallo Quirico era casi un mantra) y otra de Enrique y Ana. Una noche (de esas de reyes) apareció en casa una camiseta del Real Madrid de mi talla con el nueve de Santillana en la espalda. Invitación o coacción (júzguese como se quiera), el caso es que a partir de entonces – aparte de hacerme seguidor de “la quinta del buitre”- la radio era yo. Me imaginaba partidos radiados en mi particular carrusel deportivo; poniendo voz de pito hasta quedarme afónico, hacía crónicas paralelas a la jornada de liga con conexiones a todos los campos de España. Además, mi hermano y Naranjito llegaron para animar el cotarro y yo mandé al gallo quirico a pasear con la gallina Co-co-ua y a los siete enanitos de Blancanieves a bailar el Super Disco Chino Filipino.

En añadido al balompié, en el ámbito concreto en que yo crecí había furor por el motociclismo. En la calle sólo quería hacer regates con un balón o intentar romper la barrera del sonido con mi triciclo artesanal estilo chopper, que me hacía sentir como si pilotase la Bultaco de Ricardo Tormo. Había que tomar cartas en el asunto de mis excesos de velocidad en las aceras y las tomó mi abuelo, brindándome una reluciente bicicleta GAC. Era hora de aprender seguridad vial en el parque infantil de tráfico del pueblo. Disponer de un parque con calles con pasos de cebra, semáforos y señales de ceda el paso era ‘la repanopla’. Los coetáneos de mi generación (X o Y, según quien ponga la etiqueta) crecimos alucinando cuando con un walkie-talkie podíamos hablar con un colega que se había escondido tras un matorral en la otra punta de una pradera; como el niño de la peli “Paris, Texas”, que flipaba hablando desde la caja de una furgo con su padre que iba conduciendo aquella furgo. De adultos ni nos inmutamos cuando con un cacharro móvil comunicamos con nuestra prima la que está en Dubai, viéndole la cara en directo. Cada cual ha vivido esta revolución de quasi ciencia ficción según le ha tocado y a su ritmo, pero todos a galope.

La televisión en color llegó a casa junto con el Mundial de fútbol que ganó la Argentina de Maradona. Pan y circo, fútbol y tecnología, la zanahoria el palo y el creciente consumismo… Dicho sea de paso y no obstante, aunque cuatro años atrás Naranjito se hubiese esforzado por promover los videocasetes de JVC frente a los de Sony, a nuestra casa no llegó la lucha por el mercado doméstico de las cintas de vídeo. Nosotros fuimos ya muy felices con ver en color los cuatro goles que Butragueño marcó a Dinamarca en Santiago de Querétaro, aunque no pudiésemos grabarlos. Después, una navidad, apareció también en casa un walkman con cascos estéreos y aquello fue el no va más. Yo ya levantaba metro y medio del suelo y había aparcado las rodilleras que mi madre me ponía para evitar que anduviera siempre con postillas y pus en las rodillas. En los años de mi niñez ya existían los ordenadores de quinta generación y salieron al mercado artilugios como la Game Boy y videoconsolas varias. En mi caso, no tuve ocasión apenas de acercarme a aquellos “inventos” durante mis años de EGB, ni tampoco a un ordenador personal durante mis años de BUP y COU. ¡Menos mal, porque ya bastante nociva apropiación de nuestro tiempo de infancia y adolescencia hicieron instituto y colegio!

La mayoría de los padres de la gente de mi generación no tuvo oportunidad de ir a la Universidad y a muchos de nosotros nos metieron en la cabeza que en la Universidad estaba el camino ideal. El resultado de aquella creencia de idílico porvenir fue una inédita retahíla de titulados en historia, psicología, ciencias políticas, biblioteconomía, biología, etc, etc. No voy a indagar las estadísticas de cuántos de esos titulados han encontrado trabajo dentro del ámbito de su titulación; dejaré esa indagación para los titulados en sociología. En lo que a mí respecta, aunque no tenía mucha idea de qué iba aquella ‘movida’ universitaria (nadie nos lo explicó debidamente en tantas y tantas horas de colegio e instituto), tenía claro que deseaba probarla, pero sobre todo para largarme a ver mundo. Así que me largué.

Pasé un año en la en la Facultad de Filosofía y Letras de León, descubriendo que, aún haciendo (más o menos) igual número de horas en los bares del casco viejo que en las bibliotecas de la ciudad, era perfectamente factible aprobar las asignaturas universitarias. Ese año coquetee con Geografía y con Filología Inglesa. Y también (lo que buenamente podía) con las estudiantes extranjeras. Fue todo un acontecimiento descubrir que la gente viajaba a otros países para estudiar. Existía ya el Programa Erasmus desde hacía diez años, pero ¡¿quién había oído hablar de eso, aunque ya hubiese nacido Yahoo en algún rincón del planeta?! Hoy internet maneja los hilos de la información (y también de la desinformación), pero en el año que nacía Google yo no había manejado ni el teletexto. ¡Y qué emoción me producía intercambiar correspondencia escrita a mano! ¡Qué ilusión me hacía ver esos apellidos eslavos de los remitentes de cartas echadas a algún buzón de alguna calle lejana, allá donde se hallaban de vuelta mis primeras ‘amistades erasmus’!

Por intersección de deseos y designios del azar, de aquella facultad leonesa salté a la de Ciencias Sociales de Pontevedra. El edificio donde se ubicaba era un antiguo hospicio. Todo un poema. Cuando llegué para matricularme, en secretaría me dijeron que aquello era algo temporal mientras terminaban de construir el nuevo edificio en el nuevo campus. En aquel viejo caserón de dos plantas se habían improvisado aulas a base de meter puñados de sillas pupitre en las habitaciones. El caserón escondía un tétrico patio interior con un cruceiro en el centro, pero como llovía siempre (o dejémoslo en casi siempre, no sea que proteste el sector hostelero de las Rías Baixas), los fumetas llenaban de humo los pasillos para crear ambiente; en esos pasillos y en las paredes de la biblioteca – improvisada junto a unos lavaderos – crecía el musgo; el estudio de radio estaba en el piso de arriba y había que acceder a él con aforo controlado, porque había riesgo de hundimiento del techo. Así dicho esto puede sonar rocambolesco, pero hay cinco promociones de Publicidad y RR.PP que pueden confirmar que todo esto (y mucho más que no cuento) es cierto. Desde un tiempo a aquella parte, en España se habían empeñado en abrir facultades aquí y allá; y a diestro y siniestro. En el campus de Pontevedra ampliaron la oferta de titulaciones antes de que el campus estuviera dispuesto para acogerlas.

A mi me atraía el periodismo desde siempre o, como mínimo, desde la época que aprendí a andar sin ruedines con la GAC. Sin embargo, por H o por B (no voy a dar la turra aquí de por qué), de repente me vi estudiando a fondo contenidos como los de ‘El libro rojo de la publicidad’, de Luis Bassat. ¡Bienvenido al maravilloso mundo de la persuasión y la seducción de oyentes, lectores y televidentes! Internet tenía preparadas sus jeringuillas para inyectarse en las venas de la sociedad, pero las campañas que se analizaban en clase (cuando llegué a la facultad) eran las de TV, radio y cartel. Como el periodismo no dejaba de llamarme y veía claro que tocaba ponerse las pilas por cuenta propia, me las empecé a poner en ‘COPE Astorga’, que era la única emisora de cadena nacional que había cerca del hogar de mi familia cuando el podcasting aún era un futurismo. Durante algunos meses trabajé – muy, muy feliz – en un magacín de nombre ‘La Mañana del Verano’. Luego, volví a Pontevedra.

Empecé a colaborar como asistente de docente en las clases prácticas de periodismo radiofónico. Entrábamos al estudio – el del piso de arriba- casi de puntillas, temerosos de que en cualquier momento se hundiera el suelo bajo nosotros. Habían transcurrido dos años de carrera y la obra de la nueva facultad de Ciencias Sociales seguía paralizada. Lo único bueno del estancamiento de dicha obra eran las empanadillas de zamburiñas de la panadería de enfrente del viejo hospicio. Zamburiñas aparte, aquello era un desastre. El edificio se caía a trozos y los medios técnicos eran escasos. El agravio comparativo con relación a otras facultades de comunicación de España era clamoroso. Corría el tercer año para los de mi promoción y todo seguía igual. Nos habíamos demorado demasiado en salir a la calle a protestar. Por fin, los alumnos agarramos las sillas pupitre de las habitaciones convertidas en aulas y nos plantamos frente a la Diputación Provincial a manifestarnos. Durante aquel año, el hospicio dejó de ser utilizado como facultad. Y como nos quedamos sin edificio, las clases empezaron a impartirse buscando huecos libres en aulas de otras escuelas. En realidad, estábamos en la calle. Pero a todo hay que verle su lado bueno, ¿no?: la calle agudiza el ingenio. Con estudiantes de Bellas Artes acompañando nuestras andanzas, las ruas de Pontevedra ofrecían vivencias esperpénticas, inspiradoras y provocadoras.

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Un poco de hemeroteca viene bien para ilustrar aquellas protestas (alegres, pero protestas).

En el año de las protestas, el profesor de una materia relacionada con la creatividad nos propuso (¿qué se puede proponer en una materia de creatividad?) que nos pusiésemos a crear. No insistió, como tantos, en hacernos leer teorías acerca de lo que es la comunicación y la creatividad. Por fin una luz. El ejercicio de clase consistía en dividirnos por grupos y grabar un spot publicitario, utilizando los recursos audiovisuales de la facultad (algo así como un par de camcorders para cintas VHS y una sala de montaje de edición no lineal). Si había algún atrevido grupo que se lanzase al tentativo de hacer un corto más extenso que un spot, también era admitido. Mi grupo escogió esa segunda opción. Para una vez que en aquella facultad se nos proponía algo creativo de verdad, había que aprovechar la oportunidad. Hicimos un experimento con tintes surrealistas que titulamos ‘Ya no puedes irte’. Con guiños a las excursiones de facultad a facultad y a las manifestaciones de alumnos vagando con las sillas pupitre por las calles, el boceto de cortometraje narraba las alucinaciones hipnagógicas de un alumno que ni podía escapar de sus propios sueños, ni de la facultad. Yo no había tocado una cámara de vídeo en mi vida, ni tampoco tenía noción alguna adquirida de la narrativa audiovisual. Ni qué decir tiene que no había tenido ocasión de ver “El ángel exterminador” (donde también hay personajes que encuentran dificultades para irse de un lugar) o joyas similares. Pero aquel divertido experimento me dejó entrever que eso de juntar secuencias para hilar narrativa despertaba mi interés.

En cuanto cumplí expediente con los cuatro años de esa invención de licenciatura llamada Publicidad y RR.PP, me fui a hacer segundo ciclo de Comunicación Audiovisual a Salamanca. Tanto para seguir investigando mi camino, como para seguir disfrutando del curriculum no curricular que regala la Universidad (si uno se sabe dejar regalar) y aspirar a una beca para ir al extranjero; en Pontevedra no habíamos tenido siquiera oportunidades de acceder a ese Programa Erasmus que yo anhelaba desde que descubrí su existencia en León. Quería irme a tener una experiencia de estudiante en el extranjero y me hubiera ido a Tesalónica, Groninga, Berlín o Cochinchina. Cualquier destino me parecía enriquecedor, así que hice exámenes de todo idioma en el que sabía decir al menos “hola”. Acabé 200 km al Norte de Roma, en Perugia. El italiano y el español se parecen, sí, pero, ¡ojo, no tanto! Pasé el test de italiano básico en Salamanca, pero cuando aterricé en Italia no entendía ni a la cajera del supermercado. Empecé a ver cine y a escuchar la radio, aunque entendiese sólo un poquito. De repente un día, ¡magia!, me di cuenta de que entendía todos los diálogos de ‘Rocco y sus hermanos’ o de ‘El cartero (y Pablo Neruda)’. Y eso fue… Eso fue lo que dan los curas en misa y que se dice igual en español que en italiano. Por cierto, lo dice también uno de los soldados de ‘Mediterráneo’ (el Mediterráneo de Gabriele Salvatores), al ver pasar una estrella fugaz sobre la isla griega a la que han sido enviados en misión de guerra.

Mis últimos exámenes universitarios fueron en el idioma de raíces toscanas, pero no escritos, sino orales (como se estila en Italia). Quería seguir profundizando aquella cultura, así que acabé haciendo las prácticas obligatorias de final de carrera en una agencia de prensa de Perugia. La agencia era pionera en servicios de video on demand y pusieron a mi disposición un imac (evolución de aquel primer Apple mencionado al inicio de estos renglones). Se me permitía hacer mis trabajos personales con el juguetito, así que aproveché para montar algunos experimentos de creación audiovisual, como un corto de docuficción (grabado con una cámara casera Panasonic miniDV) para participar en un concurso de cortometrajes universitarios que se organizó ese año en Perugia. Me quedé algo atónito cuando el jurado quiso obsequiarme con el premio a la mejor dirección frente a los trabajos presentados por alumnos como los de la Escuela Nacional de Cine de Roma, realizados con el apoyo de producción de dicha escuela. Debió de ser (digo yo), porque en el escenario de las premiaciones se proyectaba “El Techo”, de Vittorio de Sica, y el corto que titulé “Del alba al ocaso” seguía los pasos de un “sin techo” en Perugia. En el elegante Teatro Morlacchi (inaugurado un ferragosto del siglo XVIII) sonó el himno italiano y todo el mundo se puso en pie para escucharlo. ¡Menuda pompa! Mi diploma de premiación me lo entregó una actriz italiana de cine erótico y luego entre bastidores me dio su tarjeta también. Aún hoy en día no he podido disponer para ella un papel en una película, ¿qué se le va a hacer?

Después de un breve retorno a la nueva y flamante Facultad de Ciencias Sociales de Pontevedra para montar – en sus estupendas cabinas de edición – un cortometraje que fue parte de mi proyecto de final de carrera en Publicidad y RR.PP, me fui a vivir a Irlanda. La portada del Irish Independent anunciaba el cese de la lucha armada del IRA en la semana que aterricé en Dublín subido a un low-cost que había despegado en Bolonia. En torno a la desembocadura del Liffey se arremolinaban – y se siguen arremolinando- buen número de multinacionales americanas. Como las meigas, multinacionales haberlas las había (Galicia me dejó marca en alma y habla) y las sigue habiendo; pero lo cierto es que en mis primeras semanas allí, tras ser rechazado en una entrevista para un puesto de mozo de almacén en una tienda de zapatos, fregué montones de platos en un restaurante del centro de la ciudad. Como el restaurante quedaba cerca del Trinity College y a moverme por los entresijos de las facultades había aprendido bien, me acerqué hasta allí y, hojeando las páginas del Trinity News, descubrí que había una sección plurilingüe. Busqué a la editora del periódico y la convencí para que me dejase escribir artículos en español e incluso alguno en italiano. Aunque yo no pertenecía a la privilegiada comunidad del Trinity, me camuflé ‘de erasmus para hacer mis colaboraciones periodístico-literarias allí

verso il mare el Irlanda
Quizá porque llegué a la isla irlandesa desde Italia – sin paso intermedio por España – me dio por escribir en Italiano alguno de los primeros artículos en el Trinity News.

 

Las hojas de otoño empezaban a caer en St Stephens Green (el parque que estaba junto al restaurante), cuando una empresa de trabajo temporal decidió que ya había el menda fregado bastantes platos y me consiguió una entrevista en una de aquellas multinacionales tan contentas con la política fiscal del lugar. El resultado fue diferente al de la tienda de zapatos. Comencé a trabajar en la empresa Paypal, cuya sede estaba en el edificio de Ebay. ¡Qué velocidades nos gastamos!; cuando empecé en la Universidad no sabía lo que era una web site y, cuando terminé me vi conversando con clientes de Belfast, Liverpool o Donegal acerca de sus compras y transferencias on line. Por fortuna para los sentidos, cierto buen genero no se adquiría aún en internet. Nada de ebays o similares a la hora de comprar la cena de una Nochebuena que iba a reunir en una cocina de un chalet a la orilla del Grand Canal a una berlinesa, un romañol, dos madrileños y un leonés. Fuimos a la lonja de Howth a comprar pescado recién descargado de un barco. De aquello hace una década, pero aún hoy en día sabe mejor el pescado comprado en un lugar con olor a mar.

En Irlanda, recibí la visita de Marco y Massimo, italianos meridionales a quienes conocí durante mi estancia en Perugia. Los acogí en la casa de Haddinton Road, la calle donde se sitúa la casa de Los Muertos del Dublineses de Joyce y donde se ubicaba el primero de los tres techos que me dieron cobijo durante los once meses que permanecí en aquella isla. En una excursión que hicimos por la zona de acantilados que separa Bray y Greystones (al Sur de Dublín) se me quedó grabada una pregunta que el napolitano Massimo lanzó al viento: “¿Cosa può significare essere nato a Greystones?” ¿Qué puede significar para una persona haber nacido y crecido en un rincón como aquel pueblecito costero irlandés?” Dudo que Marco y yo probásemos a dar una respuesta a pregunta de semejante profundidad, sentida a fondo desde la mediterránea mirada de Massimo. Se hizo el silencio. La pregunta se quedó en el viento y acarició los grises guijarros de la playa al compás de la espuma de las olas del mar de Irlanda. ¿Qué puede significar nacer aquí o allá, en uno u otro tiempo?

Después de Dublín, la vida (o el viento) me fue llevando a otros lugares, Calcuta el primero de ellos. Entre oleadas de viento me tocó pasar días en la región donde nací. Filmé entonces materiales audiovisuales allí e hice una suerte de collage; con ellos, con otros que había filmado en en Dublín y con lo que pude recuperar de una copia VHS del corto “Ya no puedes irte” grabado y montado en Pontevedra. Al nuevo experimento, una pieza de menos de 3 minutos, lo llamé “Curriculum Oculto”.

En India una chica de clase social elevada me prestó una cámara de video Hi8 para filmar unas imágenes en slums de la capital bengalí. Aquella camarita doméstica llamaba mucho la atención en las zonas marginales donde yo viví, aunque Steve Jobs estuviese apunto de anunciar el primer Iphone. ¿Hacia dónde nos lleva la extrema facilitación de la técnica que traen consigo los galopantes avances de la tecnología? Mi amigo Lemalon, un massai con el que salí a correr por la sábana este pasado verano, me manda mensajes desde un teléfono móvil. Hasta anteayer (como quien dice) su tribu vivía en la prehistoria. ¿Si hoy le pidiese (cosa que no haré) que me mandase grabaciones de escenas cotidianas de su tribu, se convertirían en documento etnográfico esos vídeos? ¿Dónde comienza el confín de lo narrativamente interesante o lo atractivamente documental en los millones de píxeles de “escenas de realidad” que a diario se recogen como montañas de datos en todo el mundo?

A la generación que llaman Z una carta escrita a mano le parece un documento medieval y el email ya casi una herramienta en vías de extinción y los hijos de la gente de mi generación crecen con aparatos provistos de botón de rec en los bolsillos. Escribo estas palabras en el Google Campus de Madrid. En la mesa de al lado hay unos chicos que han creado una aplicación móvil para que los usuarios de una red social comuniquen exclusivamente con vídeos que se graban a sí mismos. En sus camisetas puede leerse un eslogan: “si un vídeo vale más que mil palabras, ¿para qué escribir?” Si todos vamos armados con un botón de rec en los bolsillos, disparar es sencillo. Otro cantar es ya eso de disparar con atino. Por otro lado, todo depende de cual sea el objetivo del tiro. Al fin y al cabo, la fragmentación de audiencias (con o sin el uso de la palabra) no es algo nuevo; desde que existe el fuego siempre se contaron historias en torno al fuego, entre amantes bajo las estrellas, entre amigos a la sombra de una bodega, en paredes de cuevas… Tampoco es nueva la fragmentación de estilos de contadores de historias, ni de criterios de percepción a la hora de sentirlas. Quizá si es nueva la inmensa dispersión de medios y la proliferación de plataformas virtuales que alienta la ansiedad y la pérdida de paciencia. Quizá también es nueva nuestra exposición permanente al abrumador bombardeo de contenidos que si no se saben filtrar, pueden llegar seriamente a perturbar. Conviene, por ejemplo, (creo yo) poner mucha atención en que no se perturbe el espacio que merece el desarrollo de la imaginación de un niño. Hay mucho mundo más allá de un monitor de ordenador o de la pantalla de un IPad.

Continuará…

Oscar Falagán a 21 de marzo de 2017

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