La primera vez en mi vida que participé en una triathlon fue en Suiza. Concretamente en la suiza italiana, en el cantón Tesino. Allí me hallaba yo en el año 2011, trabajando en la oficina de programación del Locarno Film Festival. Para ir al trabajo cada día, tenía que pedalear varios kilómetros por la orilla del Lago Mayor. Y es que Locarno está en una orilla de la parte Norte del Lago Mayor y circundado por valles y montes. Un compañero del festival me había prestado una vieja mountain bike que tenía abandonada en algún desván. Lo que para un suizo era un cacharro de desván, para mí se convirtió en mi medio de transporte en el lugar. Con esa bici de montaña, lo mismo iba al trabajo que a hacer la compra que a subir montes. En mi tiempo de ocio, aparte de jugar en el equipo de fútbol del pueblo, no había día que no nadase un rato en el lago y pedalease o corriese por los aledaños. Nadaba, corría y pedaleaba monte arriba – monte abajo.

Vista del Lago Mayor desde el embarcadero de Locarno.
Vista del Lago Mayor desde el embarcadero de Locarno.

Así que casi sin darme cuenta, aunque lo hacía por el puro placer de hacerlo, estaba entrenándome en tres disciplinas distintas. Nadar nunca se me ha dado bien, pero en el lago, en aquel escenario idílico rodeado por los pre-alpes me encantaba zambullirme y pegar brazadas. Eso sí, técnica cero. Pero nadar, nadaba. Corriendo y andando en bici soy un poco más “apañao”. Cierto es que no hace falta mucho para ser más “apañao” que yo nadando. Pero bueno, dicho queda que al pedal y a la zancada en seco le doy mejor que a la brazada en mojado. Eso ha sido así siempre.

Desde abril llevaba yo disfrutando de la naturaleza del lugar de esta forma. De modo que cuando en septiembre vi que se anunciaba la celebración de un triathlon en el lugar, pues me dije: “¿por qué no experimentar?” Como ante los ojos de los lugareños de allí, yo era algo así como un “spagnolo” aventurero y también como a mí nunca me ha importado demasiado el juego de las apariencias, me presenté en el escenario del evento con un bañador- bermudas, un pantalón corto de recambio y unas zapatillas que nada tenían que ver con los específicos atuendos del mundo del triahleta. Ah, claro, y subido al hierro de bici de montaña que me habían prestado, mi inseparable vehículo. No tenía otra bicicleta, ¿qué se le iba a hacer?  Sin embargo, cuando vi la sosfisticación bestial que había en aquel evento, estuve a punto de echarme atrás. Casi con la decisión tomada de no participar, me puse a curiosear por los stands publicitarios. En mi ronda conocí unos chavales muy majos, de Berna, que custodiaban un stand de bicicletas profesionales y les conté que quería participar en la prueba, pero que con ese hierro de bici del que yo disponía, me daba “cosa”. Para mi sorpresa, a los chavales les caí bien y me dejaron una de sus bicicletas profesionales. Les dije: “es que no tengo botas para pedales de enganche automático” y dijeron: “don’t worry, te ponemos pedales standard de paseo” y apuntaron “sólo por favor, no te caigas, que esta bici vale una pasta”. Me animé. Solté los 50 francos de la inscripción en aquel pueblo de la Suiza italiana con Piazza Grande de noches mágicas de cine y participé en un triathon de alto nivel. Al disponerme a entrar a la zona de competición, un juez (emigrante nativo de Lugo y residente en Suiza desde hace muchos años) se percató de que era español y novato; y me dio un consejo fundamental: “no sufras, diviértete”. Y le hice caso.  Había ‘categoría élite’ y ‘categoría aficionados’ (en la que obviamente me inscribí yo), pero que, ¡ojo, muchos de ellos estaban preparadísimos! En mi categoría éramos 88: de la fase de nadar en el lago – la cual hice a braza como si fuese una abuela (con todo mi respeto para las maravillosas abuelas que nadando son la gloria) – quedé, por supuesto, el ochenta y ocho. Cuando salí del agua, me aguardaba mi bicicleta profesional llegada desde la capital del país. En ese momento me convertí en un personaje gracioso y me metí al público en el bolsillo, porque en la zona de cambio me puse una toalla en la cintura para cambiar mi bañador-bermudas por mi pantalón corto. Y me sequé tranquilamente, sin prisas. En la bici me fui animando, me fui calentando y de repente tuve ganas de darle caña y hacerlo bien. Había empezado a lloviznar y en una rotonda pegué una derrapada ante la que tuve que dominar mi montura a lo Kevin Schwanz, probablemente por la inspiración que me llegó de la advertencia recibida de no caerme y el susto que podría provocar a mi bolsillo la avería de la máquina sobre la que iba subido. Pedaleando me clasifiqué el sesenta y algo. Y cuando llegué a la transición de nuevo para dejar la bici y empezar a correr, el juez de Lugo me alertó porque entré muy deprisa y en la zona de cambio no se podía entrar así. Pero yo desconocía las reglas. Reaccioné, frené y no pasó nada. Dejé la bici, me puse a correr – mi punto más fuerte en aquel momento – y no paré de adelantar tritahletas sofisticados con serias dificultades en todo el tramo de ‘darle zapatilla’ en seco. Corriendo acabé el quinto.

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Completado el triahlon, los chicos de Zabbo Sports y yo lucíamos una sonrisa de oreja a oreja. Yo contentísimo de la experiencia y ellos de recuperar íntegra su bicicleta y divertidos ante el personaje del que quizá no esperaban que acabara tan dignamente la prueba.

Me encantó. Decidí que volvería a hacer triathon, después de aquel primero me lo brindaron los paisajes de Suiza que tanto invitan al deporte. Naturaleza pura. Curiosamente en aquellos paisajes nació (hijo de emigrantes gallegos que vivieron en Basilea algunos años) el mejor triatleta de todos los tiempos, el ferrolano de nacimiento Javier Gómez Noya. Yo había llegado allí como emigrante del siglo XXI, es decir, no como los emigrantes españoles que llegaron para buscarse la vida décadas atrás. A mí me había enviado allá el Ministerio de Cultura de España, con una beca de especialización en gestión cultural. Aunque mis necesidades principales estaban perfectamente cubiertas, la beca no daba para mucho, así que esos 50 francos de la inscripción eran algo así como lo que hubieran significado mil duros para un becario de los años ochenta. Y más cuando en aquel verano, el euro había caído de forma prominente hasta situarse a la par del franco suizo y yo recibía mi beca en la moneda única europea, lo cual me perjudicaba notablemente a la hora del cambio por la moneda helvética. Si la peli de Carlos Iglesias “Un franco, 14 pesetas”, basada en la emigración española de los años 60 del siglo XX, se hubiese ambientado en el mundo de mi cinematográfica experiencia locarnesa, se hubiese titulado “Un franco, un euro”. O mejor aún, “50 francos, 5000 pesetas”. O mejor aún, “Cincuenta francos, mil duros”.

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