Un fin de semana de noviembre de 2007 mi amigo Jaime y yo pasamos por un itsmo fronterizo y no era el de los Pirineos. Con mostrar nuestros carnés de identidad a la policía de aduana bastaba para pasar al otro lado de la raya, puesto que junto a la bandera tricolor de Eslovenia, ondeaba desde 2004 la de las doce estrellas de la Unión Europea. En la ribera Adriática de Croacia se había metido a fondo el otoño cuando hacíamos aquella escapada de fin de semana a Liubliana. Istria se mostraba con un rostro nuevo para mí, un tono gris melancólico desconocido. Aquella peninsulita me había parecido el más sonriente rincón del planeta desde que en la primera semana de mayo había aterrizado en ella, tras dejar atrás un largo invierno en tierras del norte de la meseta. Así como los prisioneros de la alegoría de Platón veían sólo un muro de la cueva, durante mis primeros meses de estancia yo había sentido sólo el tono azul de aquella tierra mediterránea.

Me doy cuenta de que he utilizado el término “peninsulita” para hablar de Istria y, antes de continuar escribiendo, deseo matizar que mi diminutivo para la península de Istria ha sido motivado por el afecto y no por cuestiones de tamaño geográfico. Digo esto, porque recuerdo que en una ocasión desplegué un mapa a escala de Europa junto a mi istriano amigo Vedran Koraca y él afirmó convencido que “ese mapa estaba mal hecho”, ya que, según él decía, “Istria es mucho más grande que como ahí se veía.” Llevase la razón Vedran o el mapa, no me quedó atisbo de duda del orgullo regional de la zona. En fin, hecha esta digresión, seguiré avanzando en el relato de lo que aconteció en aquel viaje a Liubliana.

Yo había llegado a Croacia seleccionado por Castilla y León para Eurodisea – programa de la Asamblea de Regiones de Europa – y trabajaba en una productora audiovisual – Artimi Produkcja – de la ciudad de Pula. Jaime trabajaba en Hoteles Meliá y se encontraba desde hacía meses en Umag, ciudad famosa por un torneo de tenis en cuyo palmarés figura el español Carlos Moyá como tenista que más veces ha ganado. Jaime y yo nos habíamos conocido cinco años antes estudiando Comunicación Audiovisual en la Universidad de Salamanca y la casualidad (¿o la causalidad?) había querido que ahora viviésemos en ciudades costeras croatas que distan poco más de media hora de distancia. Nos veíamos con frecuencia y aquel fin de semana decidimos ir a conocer Liubliana, capital europea. Remarco lo de europea, porque así nos lo recalcó a nosotros una vendedora de bocadillos lugareña cuando con toda nuestra intención socializadora nos dirigimos a ella en nuestro serbo-croata chapurreao. Quisimos hacernos los simpáticos y en tres palabras, a su particular modo, la tendera nos ubicó: “To je Evropa” (esto es Europa). Por procurar expresarnos en la lengua más hablada en la ex-Yugoslavia fuimos etiquetados ipso facto. Captamos la intención de su mensaje: “venís del sur y a este otro lado de la raya los bocatas se piden en esloveno.” Por añadir un dato de historia reciente al asunto de las’circunstancias geopolíticas’, diré que Croacia entraría en la UE cinco años más adelante. 

Jaime y yo caminábamos por aquellas calles – llamadas de la UE – algo así como un coruñés y un leonés orgullosos de ser istrianos. Tras darnos buenos paseos por la ciudad, regresamos a descansar un poco al youth hostel donde íbamos a pasar la noche. Fue entonces cuando sucedió un hecho que provocó un revuelo en mi interior y un pequeño terremoto en la cotidianidad de mis días siguientes. Si quien haya leído hasta aquí, ha notado una cierta forma irónica de expresarme por momentos, anuncio que desde este punto desaparece cualquier tipo de amago de tono jocoso. Voy a ello y así se comprenderá el porqué. En la sala de estar de aquel albergue encontramos a una señora italiana e intercambiamos con ella unas palabras en su idioma. Nos cuenta que se encuentra en Liubliana para participar con su caniche en una competición internacional de belleza canina. Ha viajado al concurso desde Italia ese mismo día. “¿Desde qué parte concretamente?”, preguntamos. “Desde Perugia”, nos contesta. “Que casualidad, yo fui estudiante Erasmus allí”, añado entusiasmado, “Perugia es una ciudad que amo”. Al decir yo esto, la señora soltó una frase muy extraña: “Ora a Perugia uccidono” (“ahora en Perugia matan”). Ante nuestra cara de no entender nada, la señora nos planta sobre una mesa un periódico regional que se ha traído de allá, comprado esa misma mañana. En la portada del Corriere dell’Umbria aparece la fotografía de Patrick Lumumba, un músico congoleño entrañable que conozco bastante bien. “¡Hombre Patrick!”, exclamo al verlo en foto de primera plana. Pero sigo sin entender nada. “Lee, lee,” me dice la señora. Leo y descubro, para mi estupefacción, que Patrick es presentado en el periódico como acusado de un horrendo crimen que al parecer acababa de cometerse en un piso de estudiantes de Perugia. Yo no daba crédito a lo que veía en las páginas de ese periódico. El tema me había dejado desconcertado. Necesitaba, obligatoriamente, saber más.

El domingo regresamos a “nuestra” querida Istria, Jaime a su Umag y yo a mi Pula. Por la noche enciendo el pequeño aparato televisor que tenía en la buhardilla en que vivía por aquel entonces y en los noticiarios internacionales vuelvo a encontrarme con la foto de Patrick. Me cercioro pues de que la noticia del crimen en Perugia va mucho más allá de lo local o regional. Acapara portadas en los mass media de muchos países. Estoy atónito y poco a poco voy descubriendo más cosas. La joven asesinada era una estudiante Erasmus. Se llamaba Meredith Kresner y era de nacionalidad inglesa. Este hecho provoca que, además de por supuesto los italianos, todos los informativos británicos estén dando mucha trascendencia al caso. No me puedo creer que Patrick tenga algo que ver con tan atroz suceso. Busco el modo de comunicarme con conocidos de mi época perugina, muy reciente aún entonces. Hablé al teléfono con una amiga italiana y su respuesta fue un típico refrán, ese que dice lo de “cuando el río suena…” Huelga decir que la frasecita no me ayudó mucho a  relajar mi intranquilidad con el tema. Por fortuna, mi rechazo a los resabiados refranes y frases hechas me ayuda a repeler el tinte de verdad universal que suele atribuirse a los viejos proverbios. Los refranes sólo son refranes, todos refutables con otros refranes, eso creo. Pero en fin, a lo que vamos, en Perugia ha sucedido algo horrendo; la policía está diciendo unas cosas, los medios de comunicación otras y en esas horas la foto de Patrick aparece en las pantallas de medio mundo. “¿Qué está pasando realmente aquí?”, me preguntaba entonces.

Si ya de por si todo crimen es escalofriante, éste envolvía una historia de una turbiedad exagerada. Meredith Kresner, la víctima, tenía 21 años y era estudiante de Ciencias Políticas. La autopsia desveló que había sido violada antes de ser asesinada. Ocurrió supuestamente tras la noche de Halloween y con drogas de por medio. Conforme avanzaban las horas, se iba sabiendo que había otros sospechosos en el caso. El cadáver apareció con más de cuarenta heridas de arma blanca en la cama de una habitación de un piso en el que también habitaba una estudiante universitaria estadounidense. Esos y otros muchos ingredientes eran regalada carne fresca para las aves de rapiña de las revistas y los programas de televisión morbosos y sensacionalistas.

El lunes 5 por la mañana yo cogí mi bicicleta y me encaminé hacia el lugar donde me ganaba mi salario de un puñado de kunas, las cuales me alcanzaban para pagar el alquiler de la buhardilla y disfrutar, de vez en cuando, de una Ožujsko o una Karlovačko frente al Adriático. Al llegar al Estudio Artimi, comenté el tema de Perugia a mi jefe y amigo Marko Račan mientras nos tomábamos un café de puchero en la terraza. La cosa quedó ahí. Yo cumplí con mi horario de trabajo haciendo mis habituales ediciones de vídeo y pedalee para deshacer el camino a casa. No podía dejar de darle vueltas al asunto. Volví a encender la televisión y en los canales italianos no se hablaba casi de otra cosa. El tema tenía también gran notoriedad en los medios informativos internacionales. Patrick permanecía detenido por la policía italiana y su foto presidía los espacios televisivos que informaban del caso. De Perugia se hablaba como una ciudad peligrosa y lacrada por el tráfico de drogas. Y muchas otras cosas más. Pero no escribo estas líneas para enumerar los acontecimientos que se han sucedido en torno a este caso, que algunos periodistas bautizaron como “el juicio de la década” y ha llenado cientos de portadas y artículos de prensa – amarilla y no amarilla – de Europa y Norteamérica.

El caso es que todo ese tsunami mediático me hizo caer en la cuenta de un cosa. Yo tenía en mis manos un material que sería deseadísimo por muchos medios de comunicación: un mediometraje documental que había realizado con una cámara doméstica durante mi estancia en Perugia. El documental es un trabajo universitario titulado Sobre un mar de Niebla”, que muestra cómo es (como era en 2004) la vida de los estudiantes en el centro histórico y, en especial, en las casas alquiladas por ellos. Música de Patrick Lumumba adereza la banda sonora. Además, él es uno de los personajes que aparecen en el documental, grabado como músico en un concierto en la Università per Stranieri y mientras mantiene una conversación conmigo en la que, entre otras cosas, alude a Perugia como “una pequeña isla en la que personas de muy distintas proveniencias viven en armonía.” Aunque técnicamente amateur, el contenido del documental poseía elementos que podían aportar una visión de la vida estudiantil perusina de forma mucho más real y profunda que la negligencia periodística de los típicos oportunistas sin escrúpulos.

Quería que “Sobre un mar de Niebla” se emitiese en Italia. En Croacia tenía yo buenos contactos dentro del sector audiovisual. Desde el estudio Artimi telefoneamos al enviado especial de la televisión estatal croata en Roma, quien se encargó muy rápidamente de hacer llegar el asunto a oídos de los responsables de la programación de algunas cadenas nacionales italianas. Alguien de Mediaset se puso en contacto conmigo y me pidió que le hiciese llegar un fragmento de cinco minutos del documental. Monté ese pieza de 5 minutos y se la envié. Me ofrecieron 10.000 euros a cambio de utilizar exclusivamente la entrevista de Patrick. La anhelaban para alimentar el debate tertuliano de un programa sensacionalista que se emitía en horario Prime Time en el canal Italia 1. Yo rechacé la oferta, porque sabía que mi material sería usado para puro cotilleo “infla-audiencias”. Ese documental – aún siendo un trabajo universitario – es un trabajo hecho con profundidad periodística y podría haber tenido gran audiencia, pues reflejaba precisamente la visión de un estudiante extranjero, desde las propias entrañas de la vida estudiantil perusina. Quizá hubiese debido seguir buscando hasta atinar con la persona que supiese darse cuenta del valor que su emisión al completo tendría en aquel momento. Emitir todo el documental me parecía lo ético, mientras que coger sólo la parte interesada para jugar con la imagen de un acusado, cuya culpabilidad era absolutamente incierta, me parecía vergonzoso. Así se lo hice saber al interlocutor de Mediaset. No se emitió ni un fotograma. Diez mil euros euros hubieran entrado automáticamente en mi cuenta (la cual, por cierto, desconocía la existencia de tanto cero junto), pero me quedé tan tranquilo con mis kunas y, sobre todo, con mis valores. 

No tardó en evidenciarse que Patrick no tenía absolutamente nada que ver con el asunto del crimen y días después fue liberado y exculpado. Alguien de Perugia me comentó hace algún tiempo que recibió una seria y merecida compensación económica por daños y perjuicios. Así funciona nuestra sociedad: trata de compensar con dinero lo accidental, lo dañino, lo no ético; igual que el hurto laboral de nuestro tiempo vital. ¿Acaso lo económico puede compensar un daño emocional o un tiempo usurpado a nuestra existencia? 

Quien quiera conocer más detalles de esta historia abominable, encontrará material de sobra en Internet. A modo de ejemplo, comparto un artículo publicado en The Guardian: enlace a artículo en The Guardian. Como no podía ser de otra manera, en América se ha hecho hasta una película con la historia.

Vivía yo en Pula bastante desconectado del resto del mundo en el año en que Apple dio a luz su primer smartphone. Si no es por un concurso de perros en Liubliana, de los hechos que acabo de contar ni facebook – que aún andaba en pañales – me habría podido avisar. Me había yo dejado aislar gustosamente en aquella porción de tierra rodeada de agua por todas partes menos por una. Estaba  yo plenamente sumergido en mi vivencia en el lugar presente y me enteraba mucho más de las noticias de Croacia o relacionadas con temas de otras repúblicas ex-yugoslavas. Una explosión en una panadería de una familia kosovar asentada en Pula, por ejemplo, me tocó más de cerca que las elecciones municipales y autonómicas que tuvieron lugar en España poco después del día que que yo me subí a un Ryanair en Villanubla rumbo a Irlanda, para coger otro aparato similar hacia Pula desde Dublín. Tras aquella filigrana lowcost de quien acudía a participar en un programa europeo de intercambio laboral entre regiones, el Glas Istre o el Sportske Novosti eran los únicos periódicos que caían en mis manos de vez en cuando. Aquel fin de semana en Liubliana cayeron de carambola ante mis ojos páginas del Corriere dell’Umbria, diario que también acostumbraba a hojear en otro tiempo. ¿Casualidad? ¿O acaso causalidad?

“Junto al azar, su hermano el misterio”, dice Luis Buñuel en Mi Último Suspiro. “La casualidad es la gran maestra de todas las cosas. La necesidad viene luego (…) Todo en el universo es misterio.” 

Óscar Falagán

 

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